diumenge, 30 de març de 2008

vicente verdú: el enigma del objeto facetado

Ni lo pulido ni lo rugoso. La máxima actualidad formal se inspira hoy en lo facetado. La moda, desde los bolsos de Prada a los edificios de Rem Koolhaas, desde los nuevos móviles de Nokia a las nuevas torres de la Castellana, sean de Pei o de Pelli, presentan diseños facetados.
Un llavero con forma de corazón ya no se aviene con la suave modulación de la mano ni su acoplamiento responde al gozo de asirlo en el hondón del puño sino que se identifica marcando aristas y culminando, como los nuevos y jactanciosos modelos vanguardistas de Renault (Vel Satis, Avantime o el nuevo Mégane) en el diseño facetado.
En general, lo facetado sustituye al reciente concepto de lo rústico o lo natural, al tacto rudo de lo auténtico y artesano, para llegar, con su afectada y deliberada artificialidad, a la "cristalización" de otra cultura. ¿Qué otra cultura? La cultura de la multiculturalidad y de las traducciones simultáneas, la estética de la mixtificación, la urbe de las diversas pintas, religiones y trazas y hasta el baile del Chiki Chiki que no es sino la grotesca versión de una y otra faceta, del breikindance al crusaito y del maiquelyason al robocop.
Este auge de la tipología poliédrica no alude, sin embargo, a la virtud de lo multifacético que conllevaba una disposición, tan generosa como mágica, para hacerse cargo de esto, de aquello y de lo de más allá. La facetación de la arquitectura o del objeto, de la pintura o del baile, de la nueva cocina o del sexo, viene a corresponderse con un mundo donde ha desaparecido la idea unívoca, la visión omnímoda y la comprensión global.
Lo facetado invita a palpar la complejidad del objeto y a constatar que su estructura no se halla, como un alma, en su venerable interior sino acaso en la inmediata y quebrada piel de su superficie. No hay anclaje interno que sostenga el edificio sino una fachada acondicionada para comunicar una accidentada continuidad. El exterior se encuentra tallado como un brillante y con ello explota un recurso que, en otro tiempo y otro lugar, enfatizaría su valor. El formato, sin embargo, es hoy sencillamente irónico. Vale para un artículo caro o barato, confunde la piedra preciosa con el plástico, el plástico con el cuero, el cuero con el vidrio y el vidrio con cualquier pacotilla de la canción. Lo facetado no es el brillante sino el caleidoscopio donde se ve cualquier cosa sin importar su coste o significación.
Gracias al facetado, el objeto se libera incluso de la óptica y se expresa en su tactilidad, se excluye del juicio sobre su vestidura y se manifiesta en el detalle digital. Todos estos objetos facetados y semejantes se alinean como la coartada de una época que ha cristalizado su lenguaje en una extraña lengua común, no unívoca, sino multívoca, no única sino múltiple, no de una faz sino de muchas, simultáneas, próximas fases. Caras cercanas que se rozan sin juntarse, anexionadas sin fundirse, ajustadas sin integrarse como sucede con los guetos de las grandes ciudades. Caras adyacentes pero aisladas por una calle, una arista, una distinción tan fina como un corte y tan estricta como un tajo.
Todo este mundo sajado o dividido carece, no obstante, de tragedia. La apariencia del objeto facetado es la de un rostro torturado pero, al cabo, se trata tan sólo de un artificio que convierte su quebradura en un juguete, su tortuosidad en un recreo y su aparente excepcionalidad en una fórmula a granel. La cultura de la reproducción logra ser así no sólo una máquina que reproduce la morfología del original sino la misma originalidad de la idea. Todo se halla facetado a pesar de que esta factura fuera el signo de lo exclusivo. Porque lo supuestamente exclusivo es ahora materia prima del gran comercio, un low cost que elimina una y otra vez la exclusividad siguiendo la manera de las olas que en la orilla, repetidamente, borran la singularidad de unas huellas. El mismo mar, en fin, se remeda facetado en los parques temáticos donde el poliuretano azul sustituye la ondulación del agua y la anidada cualidad de las olas se reemplaza por la papiroflexia del material flexible que imita el vaivén del vendaval.


(publicat a el pais, 290308)

dimecres, 26 de març de 2008

Ínfimo escrito político en tiempos de crisis

Los arquitectos jóvenes llevamos mal una crisis que, para la gran mayoría de nosotros, empezó justo al acabar la carrera. Tan es así que lo único que realmente amenazan los últimos meses es mi (escaso) sueldo, sin el que podría llegarme a quedar el mes que viene, o a final del verano, por no llamar vacaciones a un período de horas sin cobrar en el que se sobrevive a base de escasas reservas económicas arrinconadas casi a contrapelo, inconscientemente, con un cierto sentimiento de supervivencia en el cuerpo. Así, visto en perspectiva, esto de la crisis no es para tanto si se compara con un precario statu quo previo. La buena noticia, entonces, es que estamos en óptimas condiciones para capearla: difícilmente caeremos más bajo, aún debiendo emigrar de profesión para evitar que se vacíe del todo nuestro simulacro de cuenta corriente: definitivamente, estamos blindados.
Ante este panorama, dejo las reivindicaciones laborales para los que las están efectuando en nuestro nombre, a veces con más entusiasmo que técnica, cosa que dice mucho a favor de un colectivo sobrado de tecnócratas con más amor por las leyes que por el oficio, aún estallando ocasionalmente en comprensibles rabietas que pueden añadir más leña a un fuego que ya de por sí quema con alegría, y me ciño a mi motivación principal, a saber: la propia arquitectura. Qué estamos intentando salvar? Razonando por reducción al absurdo, me propongo un panorama donde todos cobramos lo justo, donde se respetan horarios y trabajar es cómodo. Grosso modo, nos queda un panorama dominado por grandes estudios con enorme capacidad de gestión y mucha mano de obra empleada, con capacidad de marcar tendencias y de dominar un panorama cada vez más mediatizado, oficinas de prensa, relaciones públicas, comidas con políticos, palcos en estadios deportivos, a la busca de grandes encargos que los (retro)alimenten en una espiral ascendente que los lleva de una fábrica a un estadio a una ciudad entera, a la fabricación de unos encargos que necesitan ellos más que la sociedad, siempre sobredimensionados, a veces del tamaño de todos los metros cuadrados que un arquitecto podía construir en toda su vida hace veinte años, depredadores, precarios en su estructura, sujetos todavía al capricho de unos directores mitad ejecutivos mitad pseudoartistas. Luego, tenemos un cuerpo medio de arquitectos que, bajo el disfraz (que, a menudo, creen) de honradez, trabajan bajo un ciclo masturbatorio de busca de reconocimiento, de construcción de vehículos de lucimiento personal-que-gustaría-que-fuese-colectivo más que de buenas obras para el conjunto de usuarios, pajas mentales, vaya, y, finalmente, el grueso de la profesión, densencantada, produciendo edificios como churros a ritmo de un mercado demasiado tiempo sobredimensionado, de calidad mala a pésima, siempre dispuestos a arroparse bajo excusas del tipo han sido ellos, sean ellos desde los promotores al equipo técnico, a la sociedad, al un mal gusto nebuloso que jamás tiene nombre y apellidos, a los que sean. Luego están los que trabajan honradamente de verdad. Los que les duelen los edificios, se presionan, no huyen de la complejidad, siempre demasiado ocupados: demasiado pocos, demasiado tarde, quizá desde siempre.
Ante este panorama deslucido, ante un grueso del colectivo cansado, desconectado de una sociedad a la que giran sistemáticamente la espalda, diversos tipos de ingenieros civiles más otros técnicos sueltos del mundo de las ciencias, capaces de interpretar un programa de cálculo de elementos finitos, se apresan a sacar tajada sin que sepamos responderles adecuadamente: difícil defenderse excusándose o pidiendo todavía más espacio para una calidad ensimismada, elitista, que sólo parece renundar en beneficio de unas fotos siempre vacías de gente, cada vez más trucadas por un photoshop que parece ser el primer espectador de todo lo que producimos.
A los jóvenes nos toca, quizá por edad, quizá porque el desencanto llega más tarde cronológicamente o por nuestro cabreo inmanente, a la par que comer el mes que viene, reivindicar una profesión que ha perdido norte y dignidad, trabajando (casi es demasiado pedir) con una ilusión que parece haber perdido el colectivo, a favor de unas reivindicaciones de poder y prestigio, descohesionadas, vacías de contenido que, si sólo vienen respaldadas por un marco legal sin comprensión ni empatía por parte de la ciudadanía no servirá de nada: demasiado harto estoy de elitismos vacíos que ahondan en una fractura social que no se va a resolver insistiendo en lo que llevamos lustros pidiendo que crean con una fe ciega, vacía.
Reclamo a los jóvenes, a nosotros, a los de verdad, no a los premenopáusicos que se dicen como tales en otro guiño sólo comprensible para revisterios iniciados, resentidos con una profesión que les ha hecho triunfar demasiado tarde pisando a demasiada gente, que perseveremos en esta actitud, en esta rabia, y que la dirijamos también contra la propia profesión, porque de otro modo no merecerá ni su nombre ni su tradición cuando, por fin, consigamos lo que pedimos. Está en nuestras manos.

dilluns, 24 de març de 2008

una biblioteca


Arata Isozaki consolant-se del disgust de no poder construïr la coberta del Sant Jordi tal com l’havia imaginada menjant sushi a algun japonès de Barcelona: a la taula del costat, l’alcalde de Palafolls el consola prometent-li que ho farà al seu municipi. La realitat és ara un superb edifici que s’alça al que eren als afores de la ciutat abans d’aquesta debastadora febre edificatòria que ens ha menat a la crisi actual.
El pavelló s’alça al centre del que és ara un enorme buit urbà, equipaments esportius diversos, un CAP, alguna escola, la resta una mena de parc precàriament controlat per unes porxadetes fora d’escala plenes igualment de bars on resulta agradable de fer el got un dissabte a migdia, bo i voltat de les paradetes del mercadillo. Un Isozaki massa allunyat del poble com per a controlar-ne el geni del lloc pren dues decisions que, calcula, respectaran l’entorn, possibilitant que un equipament esportiu d’aquestes dimensions no causi un impacte ambiental excessiu:
-Primer, l’edifici es menja el seu propi espai públic, acomodant-se tot ell dins un cercle traçat al terra, que esdevé un mur d’alçada constant, cota de replanteig superior de la que neix la resta de l’edificació: el terra es despenja a una alçada x, aliè a la topografia gairebé plana del lloc, que, senzillament, matisa l’alçada del mur. La coberta flota per sobre, recolzada únicament sobre ell.

Aquest mur, eventualment, es transforma en la no-façana de l’edifici, que gira menant a l’única entrada al recinte, absent al que l’envolta i alhora transformant aquesta absència en una rara espècie de sensibilitat.

-Segon, l’edifici no té pràcticament exterior: el mur suporta la belíssima coberta, que mai no aixecarà més de quatre metres de qualsevol exterior del recinte. Així, l’edifici no serà més que un radi extruït al que se li fan dos operacions principals: la construcció d’un pavelló interior que conté les graderies i els serveis, que mai tocarà l’exterior, veritable edifici dins un edifici, que segueix diferents regles compositives (cercle, superfícies de doble curvatura, fusta, metall, maó marró-negrós versus rectangles, arestes vives, pilars, ossos, formigó, totxos de clinker beige clar) i un brutal tall secant, excèntric, a aquesta coberta destinada a menjar-se tot el cercle, per tal de deixar-ne veure la secció en aquell lloc i possibilitar l’aparició d’una façana interior que només se’ns revelarà després de creuar la porta practicada al mur exterior. Aquest tall serà, també, l’únic lloc de tot l’edifici exterior on apareixerà una estructura aparent, necessària per estintolar la secció creada. Si l’edifici no hagués estat tallat, la coberta seria completament autoportant.


Miralles aterra al poble uns anys més tard, guanyant un concurs que, en essència, proposa construir el mateix edifici per allotjar-ne, aquest cop, una biblioteca. Curiós funcionament d’un geni que situa l’arquitectura més enllà de la novetat, de l’essencialitat i d’altres valors que, des del renaixement, s’han usat per a definir una obra mestra.
Lluny d’això, l’arquitecte readapta per deformació (la seva principal manera d’operar) un tipus conegut a unes noves circumstàncies, a un lloc que és el mateix sense ser-ho, a un altre programa d’us més intensiu. Miralles no serà aliè al lloc, com Isozaki, i, curiosament, oferirà a la seva problemàtica la mateixa solució exacta: un edifici baix, encara més baix que el pavelló, enfrontat a un incòmode paisatge de blocs d’habitatges anodins, d’una mitja densitat només lleugerament superior a la que ofereixen uns habitatges adossats (que, per altra banda, tampoc solen saber-se solucionar a les nostres latituts, mai he sabut per què).

Com és habitual als projectes de Miralles, el solar no és mai un solar, sino un lloc sense definir, un espai interior-exterior d’una mansana ni oberta ni tancada, oberta lateralment a un parc desangelat amb arbres crescuts, a l’altre a una riera i als dos restants a aquestes construccions mediocres que he esmentat. A aquest cas, l’arquitecte deixara, curiosament, el lloc sense definir completament, deixant aquesta tasca a un tercer inconegut (i fent vans els esforços del seu propi estudi per a completar-ho a porteriori), un nou arquitecte que haurà de convocar el lloc i endollar-lo, anys a venir, quan se sàpiga el funcionament d’aquest magma d’habitatges descohesionats, a un teixit urbà inexistent actualment. Aquest entorn marcarà clarament la diferència entre el pavelló i la biblioteca: Miralles no obvia el parc veï, ni la seva relació amb el seu programa. Llegir entre els abres és agradable, hedonista. A un parc s’hi poden desenvolupar tot un seguit d’activitats que gairebé poden transformar-lo en la veritable biblioteca, rellegant el recinte a simple magatzem de llibres. Per això, el seu recinte inclou, gairebé és, el parc, que l’arquitecte delimita no encerclant-lo, sino pel mig, transformant el recinte centrípet d’Isozaki en un altre de centrífug, pal clavat a terra que es pot circuïtar. Per a aconseguir-ho, senzillament tallarà l’edifici original a trossos, com si fos un pa, i de cada línia de fractura en dispararà parets que connecten el seu edifici al parc. Aquestes parets creen recintes que, eventualment coberts, esdevindran la biblioteca.


La part coberta de l’edifici (el que alguns anomenen “edifici” anàlogament a com podríem anomenar “peu” a un ésser humà complet) queda definida per les conexions transversals entre les diverses parets, pel moviment conscient que es fa buscant sales o llibres, o passejant, o entrant, etc. La biblioteca en sí es pensa com una acció, com un lloc estàtic, com una suma d’individus buscant i trobant la seva posició, arrecerats només del vent, o del fred, o al sol, o sota un arbre. Mentre no ho fan tot és inestabilitat, moviment, acció pura. Quan es troba la posició, la cadira, la comoditat, el llibre, el lloc, el sol o l’ombra, arriba la pau: l’espai es converteix en una màquina de pensar gairebé individualitzada, a mida de les nostres accions o dels esdeveniments col.lectius que s’hi produiran.


Els materials, escassos: metall, fusta (fins i tot revestida), ceràmica, formigó. L’estructura contrasta amb la lleugeresa de les voltes, sobredimentsionada, gairebé confiada sense més al zel d’un calculista d’estructures desbocat, passat de rosca ell o el seu programa de càlcul. La pintura ens recorda que ho és aplicada sense tocar mai els extrems del parament sobre el que s’aplica. Anula qualitats dels materials que revesteix, contraposa, segueix la llum com un reflector, l’acompanya i la matisa. Els paviments juguen amb el moviment del públic, com si ells també busquéssin els llibres per les diverses prestatgeries, usades per ajudar o castigar els capricis dels bibliotecaris, possibilitant involuntàries afinitats electives: Pío Moa contra Phlip Roth o Manuel Azaña, Speer contra Samuel Johnson contra Voltaire contra Amis, Camus, Céline o d’altres francesos pelmes o no. Algun oblidat autor local autopublicat (suport genèric).



Al final, Miralles sembla oblidar que l’arquitectura sempre és a qualsevol altra banda i la presenta, com a tots als seus altres projectes, per acumulació: per capes, per excés, això més això més això, sense saber on ha començat, fugint de recintes i de qualsevol cosa que la pugui contenir, fins noms, classificacions o la seva pròpia obra.


dilluns, 3 de març de 2008

parets buides i un gatet simpàtic

(viatge ínfim sense cambra al parc de l’arbreda, Begur)


Destí de pas al final d’un camí de terme, cap a un arròs de cabra pres a la gola del Ter, a l’ombra d’un bisbe mig mort que té un castell per anell, conec el parc de l’Arbreda. Circumstàncies personals varen aconseguir, fa anys, que recelés de l’equip director de les obres, Aranda-Pigem-vilalta, estudi d’Olot en línia ascendent al que ja m’he referit a propòsit d’una guarderia de colors al costat del cementiri de Manlleu, d’agradable record i tanca galvanitzada de múltiples rodons de diàmetres diferents a distàncies diferents, ja mig rovellada, eficaç símbol del que inicialment em semblava l’arquitectura del grup: esteticista, elegant, fràgil, gairebé efímera. La facultat de dret de Girona, la guarderia de colors exhibien al moment de la seva visita aplacats de vidre rebentats per la dilatació, encerclats per marcs perimetrals que petaven qualsevol cosa que envoltéssin. Goteres, fixacions de bancs que ballaven. Cicatrius que descuraven l’aspecte global d’una construcció precisa, preciosista. Posteriorment aquesta mateixa construcció va anar-se tacant, encomanant d’aquest aspecte fràgil, trèmol, de les seves primeres obres: superfícies planes que, de sobte, adquirien vibració, moviment, un aspecte quasi-vegetal lograt majoritàriament a base de pletines treballades i doblegades a ma, diferents entre sí, filles d’aquesrta arbitrarietat que dona una senzilla regla de joc, invariablement rematades per algun element horitzontal que les contenia, com si volguéssin escapar (cosa que han acabat fent a posteriori). Seriació pop-art, objectivització per adició de petits elements en un volum global sense cap transició d’elements a escala intermitja. Actualment, aquestes superfícies comencen a moure’s, a tallar-se, a perdre la seva planeitat i a prendre protagonisme per elles mateixes, separades d’una caixa que ha esclatat en diversos plans esfoliats, cada cop més mesclades amb elements arquitectònics no protagonistes del vocabulari convencional dels arquitectes: tapissos, arbres, bàculs.

Respecte del programa, RCR ha viscut tota la vida de qüestionar-se les coses d’arrel, ni que sigui per donar sentit a posteriori a la qüestió esteticista d’un títol que es resisteix a ser un nom i un cognom sobre una tipologia. Així, la hiperespecificitat d’un habitatge, de qualsevol element de disseny arquitectònic ha portat al qüestionament de la convencionalitat i a la creació de noves tipologies estrapolables a d’alres casos, a través, precisament, d’aquests títols: casa-paravent, casa-manxa, etc. Amb el parc de l’arbreda, els arquitectes van un pas més enllà: el projecte no va tan de la construcció d’un parc com de la creació d’un lloc, a una pineda prosaica situada al fons d’un bac, malorientada, ocupant la llera d’un torrent sec. Espai central que signifiqui les cases dels voltants, sempre mirant endavant, les unes muntades sobre les altres, cobertes de teula àrab, finestres arquejades, blocs d’habitatge prosaics i tres ferraris passats en dos minuts, un de negre, un de blau fosc i un de vermell que feia massa soroll: una rotonda, una carretera, que ressegueix una única corva de nivell, porta d’entrada al nucli central de Begur, sempre mirant al mar des de dalt. El parc presenta, així, una doble lectura: lloc tan per ser viscut com per ser vist, façana exhuberant, lloc de repòs de visuals sense cap referent clar fins al moment, a la cara dolenta d’una muntanya, orientats a nord i sense possibilitat de mar. La resta: potencialitat, programa inventat bastit més a base del que no es sap que es farà que no pas del que es vol acotar que passi, espai lliure per a moure’s, per a jugar, per a mirar. Esculptures fetes més a base de treure elements que de posar-ne. Un centre cívic que és una porta, que és una boca escènica, edifici penjat que no toca a terra, creant un tunel-escenari, porta d’entrada, coberta despenjada fins a trobar-se un terra que mai és pla, porxo on menjar, on festejar, on fer un porro amb els amics, un picnic, una partida de ping-pong. Un us inteligent de la vegetació: on se’n posa, on no, què ombreja. Què tapissa, què creix, quina aigua beu. Què es manté i què salta, què es replanta. Tot autòcton, semblant talment com si estigués allà des d’abans. Pins, alzines, plantes aromàtiques. Pocs materials, gairebé només un: ferro rovellat, enormes pletines aixecades de terra delimitant planters d’espècies diferents, ara ben crescudes i mantingudes dins el seu propi límit tres anys després de la inaguració, aixecant poc més que l’alçada d’una persona i accentuant el caràcter d’olla a pressió del conjunt. Platabandes, bancs de pedra artificial, poligonans prosaiques amb aspecte d’estar marcades a terra amb un bastó. I les parets: buides. Pletines doblegades sobre elles mateixa amb el gruix desitjat: trenta centímetres, metre vint, el que sigui. Falsa materialitat, jocs d’ombres interiors, habitatges de gats que viuen allà, simpàtics, parets no preparades per ser tocades, ni roçades, però sí circuïtades a prop, associades amb rampes de distàncies i inclinacions cambiants, embolcallant una estructura convencional de pilars de formigó. RCR aconsegueix, amb això, l’essència de l’arquitectura contemporània: revestiment sobre revestiment sobre revestiment, fins que la darrera capa, la visible, és la que identifica la imatge global del conjunt.
RCR es salten tots els passos intermitjos fent que aquest revestiment, com a tal, com a revestiment, sigui la única cosa que existeixi, embolcallant aire, deixant un paisatge secret, no per ser mirat ni viscut dins d’ell, com un monument a les coses qeu no existeixen, punt de reflexió d’una arquitectra més preocupada per com la tractaran al photoshop que ler les consideracions ètiques que es deriven de la seva manera de constuïr-se.