divendres, 4 de juliol de 2008

Homenaje a Antonio López



Es característico del arte crear nuevas miradas sobre la naturaleza, descontextualizándola, aislando componentes sin lógica para inventar explicaciones, transformar nuestra manera de vivirla, de entenderla. Un conglomerado de plantas, rocas, árboles, se mira como paisaje. Una vez mirado así, se pasa a entenderlo inventando leyes coherentes que lo definan, que lo expliquen. Se amplían sus ámbitos, su significado, se profundiza en la palabra. Y algo que explica y transforma un elemento natural pasa a definir otro artificial a partir de la invención del paisaje urbano. Éste se pone en valor a través del tratamiento que efectúan los sucesivos pintores, fotógrafos y cineastas que lo fijan y que tratan y definen de nuevo sus leyes, representándolo como medio de presión social, como marco de una acumulación de vidas que se entrecruzan y relacionan paralelamente.

Antonio López pinta aísla este marco en estado casi puro, aislándolo. En un entorno marcado por la actividad (gente moviéndose rápidamente, grandes almacenes repitiéndose dos y hasta tres veces en unos pocos centenares de metros, teatros, bares, oficinas, viviendas) él pinta el silencio. La ausencia de actividad, de automóviles, de personas. Carteles que se han convertido en muros sin la mirada que les da sentido. Sensación de desnudez del propio autor, que, arropado por esa sensación de vacío, de intimidad, consigue transmitirla incluso a quien mira el cuadro acompañado. Su título es revelador: la Gran Vía. Sin adjetivos, sin aditamentos. La contemplamos por primera vez, y, des de entonces, ha quedado marcada por esta mirada que prácticamente nos descubre su carácter propio.